miércoles, 29 de agosto de 2012

Entre cuento y reflexión: las islas.



Muchas veces he escrito sobre  islas. Y es, creo, porque de pequeña pensaba que las islas flotaban en el mar, que no estabn unidas a tierra.  Que se podían despegar como cuando hacías una circunferencia en la arena humeda, vaciabas la que sobraba del borde y con mucho cuidado la despegabas resultando una plancha redonda de unos dos centrímetros de grosor de la que decías ser una galleta grande o un pastel de cumpleaños al que le faltan las velas.



También pensaba que se movían cada día un poquito empujadas por las olas que llegaban a sus playas pero muy lentamente, a paso de tortuga y sólo durante el día; así se explica que las olas que llegan por la noche sean más suaves y tiernas como pequeños susurros que cadauno escucha en un sentido diferente.
Y, como cuando una intercambia cromos, ese lento  y secreto movimiento haría que, algún día cuando fuera anciana, las islas del fondo del mediterraneo estarían aquí delante y las hoy más cercanas a nosotros en su lugar; así, por el mismo arte de magia que hizo que se separan los continentes.

Ahora me gusta pensar que una se  sube a una isla y, lejos de sentir aislamiento, sale de viaje por ahi sin notar el movimiento diario, sin darse cuenta de que anda y cambia de lugar pero se baja antes de que todo ese gran arte de magia, por las carreteras marinas, llegue a destino,  y por eso ni siquiera percibe que ya no está en el mismo lugar que cuando se subió.

Una vez leí una novela sobre la isla de Pascua y como, apesar de ser la isla más aislada del planeta, se habían encontrado plantas y semillas de otros continentes que llegaron alli volando o por el mar, con ese movimiento que le llaman corrientes. Y apesar de ello, es impresionante saber que en su lengua autóctona
a la montaña que hay en el centro de la isla, desde donde se observa la perfecta cincunferencia azul que divide el cielo del mar, le llamen "el ombligo del mundo"; y algo de razón tenían. 




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